Despedirse no es un fracaso

Despedirse no es un fracaso | Woman·s Soul

Bajó el sol desde mis ojos

a posarse en el pecho,

y ahí durmió conmigo

las siete semanas sin noche.

Ayer, leyendo a Luna Miguel en Playground, decidí que ya estaba preparada para empezar a escribir sobre el tema. Ella escribe sobre el homenaje que se hace en Japón, concretamente en Kamakura, a los bebés que no nacieron, con estatuas. Por ejemplo. Una bella forma de despedirse, de rendir tributo.

Se habla, se dice, se cuenta. Se vierten palabras vacías sobre casi todo, desde la asepsia y la distancia. También, casi siempre desde lejos, se debate sobre el aborto. Allá cada cual con su forma de pensar, acerca de si es o no, un derecho, cuando se elige. Defiendo la libertad. Defiendo los derechos. Pero lo que vengo a contarles es que para mí, para muchas, más que un derecho, es un revés.

Un revés de la vida, una pérdida irreparable, de la que apenas se habla. La angustia, en urgencias, cuando en la ecografía se ve y se siente el útero abandonado, súbitamente. El útero propio, ahí en la pantalla, y que antes fue nido que albergaba un latido apenas perceptible. Pero era, existía. Aunque ya no. La tristeza no la capta el ecógrafo, ni hay analgésicos para paliar la perplejidad, la desilusión. Y vuelves a casa, con las manos vacías y el ánimo roto.

El aborto espontáneo es algo tan común como un catarro. Ocurre con frecuencia. No es grave. No pasa nada. Odiosa idea la que frivoliza lo terrible.

Es algo muy normal, claro. Pero no por esa normalidad duele menos. Creo que es justo lo contrario. El dolor físico se incrementa con el frío, y el frío siempre es consecuencia de la soledad, aunque ahí esté la pareja, aunque ahí esté la familia. Banalizar. Seguir adelante como si nada. El “no te preocupes y lo vuelves a intentar”. Caer y levantarse, las veces que haga falta.

Tu cuerpo expulsa una vida, pequeñita, que ya ocupaba un lugar grande, dentro, muy dentro.  Tu cuerpo se revuelve, y todo tiembla. Y te hablo a ti, como me hablo a mí. Empatía, humanidad, comprensión. Son los tres valores que faltan a veces, siendo tan sencillos.

Hablar de la pérdida es difícil. Pero alivia. Ayuda a expulsar fuera, también, los sentimientos de culpabilidad y de fracaso. Las mujeres ya venimos arrastrándolos por múltiples razones, desde siempre.

Cuando me ha ocurrido a mí, he buscado motivos, causas, algo que me explicara por qué sucede algo así. Y he encontrado testimonios de mujeres, cada vez más, que han vivido lo mismo, que van venciendo ese miedo a dejar al aire la intimidad, y romper tabúes. Es sano dejar a un lado la prisa por superar lo feo, lo que no gusta, lo que no entra ni encaja en nuestros esquemas confortables de una vida programada.

Creo que hay que concederse el tiempo necesario para rumiar lo que ocurre, y liberarse. No es ridículo vivir el duelo por “solo” sangre y tejidos disueltos y no viables. No es ridículo. No es una vergüenza. No es un fracaso. Ya no lo es. Y ha de ocupar el lugar que merece.

Ahí también está la igualdad, la libertad. Una sociedad mejor es la que acoge y entiende, la que abraza los acontecimientos que no deben solo ser de nosotras, aunque seamos nosotras las que sangremos y suframos las heridas, por dentro y por fuera. Conciliar. Entender.

. Aprender a dejar ir, para recibir de otra manera. Es la única forma de ser persona completa, persona mujer, que se reconoce en el espejo, que tiene su sitio, consigo misma, y entre los demás. Podemos aprenderlo todas.

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