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Sueño en guerra y paz

Estábamos en guerra y éramos soldados.

Desperté en la cama de un pabellón, mis ojos achinados y mi acento asiático flotaban en el vapor de una sala de enfermos.

Frente a mí, un quejido, el lamento persistente de los moribundos, la crónica del dislate escapando en sonidos como un ciego que no ve y adivina la vida, sus colores de tacto misterioso. Un gris de dolor extraño se alojaba en la sala de un hospital de campaña y acogía en su regazo la desolación… A unos metros de mi cama, un zapato de mujer me miraba tirado en el suelo, relataba una historia de amor destrozada por la separación, un chasquido de aire vencido, fragmentos de un tejado desplomado sobre nosotros, polvo, metralla a discreción y luces en lo oscuro. La noche era un sumidero de aviones surcando el cielo. Silbaban colores y ruidos que cortaban el aire a machetazos. Las bombas caían a lo lejos.

Entre las sábanas, dos líneas de cables luchaban con la camisola febril de mi destino, se oían voces huecas, enfermeras que corrían desesperadas sin tregua para la dulzura. El techo y las paredes, la casa desprovista de firmeza y refugio gritaba su caída. Como la sangre de un río precipitándose por los rápidos, miles de vidas se estrujaban en las orillas del frente. Los camiones llegaban sin cesar y aparcaban descargando heridos o lo que quedaba de ellos. Solo un velo de distancia me impedía ver con claridad la inmensa pena de los bosques que les ardían en el corazón al decir adiós. Tantas veces he vivido esa sensación de urgencia que el paisaje impregna mi retina como un sello estampándose sobre un telegrama de aviso. Mientras tanto, el olor penetrante del alcohol, la única desinfección de la locura bélica, una botella de aguardiente en la mesilla para mantener el dolor en tensión. Bebí un sorbo más para no sufrir, era el remedio contra el suicidio, de nuevo barajaba su juego la impotencia.

Allí estuvimos meses, años, días. Eras tú. Era yo. Y éramos soldados.

(DeLirium)

 

 

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