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Dama la nob, je t’aime, te quiero

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La noche palidece ante la amenaza inminente de la barca a punto de romperse, los gritos de terror, el frío,  el hambre, la sed… el deseo de llegar cuanto antes a puerto. A lo lejos, el viento gira en el cielo arañando con furia la alambrada de metal, intentando aguijonear con su música insolente las mentes de millones de individuos que ni sienten ni padecen, que se recuestan, indiferentes, en  sofás coronados de cojines insultantemente mullidos. En los televisores, las noticias  se suceden una y otra vez, convirtiéndose en un eco quebrado y vencido. Nadie oye nada. Nadie ve nada. Un coro de párpados caídos bosteza mientras las consciencias se declaran cerradas por derribo.

Luces de faros lejanos incomodan el silencio con sus destellos errantes, presagiando un nuevo y trágico naufragio en aguas de una tierra prometida que no mana leche ni miel, donde los sueños de ébano se dan de bruces con la supervivencia y el desencanto.

Al otro lado del océano, una mujer de piel oscura, joven y hermosa,  contempla el  cielo y viaja a las estrellas con sus ojos eternamente negros y cálidos. Sus largas pestañas parecen dos mariposas nocturnas atraídas por la luz, ansiando volar a jardines lejanos. Ella fija la mirada hacia el vasto y brillante horizonte y se dice a sí misma que todo va a salir bien. Pone tanto empeño, que incluso cree vislumbrar, fugazmente, la silueta de su amado alcanzando refugio.

La dulce y  etérea joven solo reza para que él ponga voz a su voz y le diga que la sigue amando.  “Dama la nob, je t’aime, te quiero”—repiten sus labios, con nostalgia,  tal y como él solía hacerlo.

Jawara se fue una noche de luna llena, muy tarde, casi en la madrugada, inquieto pero ilusionado, en  un bote hacinado y destartalado pero sin perder en ningún momento su blanca y amplia sonrisa. Antes de partir, le llenó la cabeza de sueños, la besó largamente y le prometió mandar una bandada de golondrinas a buscarla.

En la penumbra de su humilde cabaña, ella se siente llena de sospechas… Mientras acaricia su negra barriga abultada, entona una vieja nana que habla de amores perdidos. Hay vida en su interior y pena en su alma.

Cada mañana, cuando se levanta, mira al cielo esperando una señal. Pero los días pasan. También los meses… Con un niño ya en brazos, siente  que su mundo se desmorona y que no hay cabida para la esperanza. Intuye que algo  ha  salido mal y experimenta tristeza y remordimiento.

Vencida de dolor, se encarama a la palmera más alta de la playa y se queda con la mirada puesta en la lejanía, inerte y vacía, ahogada en llanto. Anhelando el oscuro infinito de sus pupilas de azabache, la calidez de sus caricias y  el sabor salado de su piel, le imagina a él trágicamente sumergido en las oscuras aguas del océano y maldice a gritos su funesta suerte. Visiblemente trastornada, todavía abriga  la esperanza de ver aparecer una bandada de golondrinas, con las alas de luto, trasladando  el alma hundida de su amado desde el fondo del mar hasta el cielo siempre eterno de Mbour. Un merecido regreso a casa después de un largo viaje…

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